
Artículo de Opinión escrito por: Juan Antonio López Baljarg | Consejero Delegado de Trabajo y Familia de Coparmex Nacional | Vía: @ElIndpendiente X: @JuanBaljarg
Un empresario recibe una llamada. Del otro lado hay una amenaza y una exigencia económica. Quizá paga, quizá denuncia, quizá decide guardar silencio. Al terminar el día, cierra la cortina de su negocio y regresa a casa. Pero el problema no se queda ahí. El miedo regresa con él.
Esa escena se repite todos los días en nuestro país. Y estamos viendo apenas una parte del problema. De acuerdo con el INEGI, 97% de los casos no se denuncia ni se registra.
La extorsión no es un delito secundario. Es una amenaza para las personas, pero también para la continuidad de las empresas. Y para comprender realmente su impacto, necesitamos mirar más allá de lo que sucede dentro de un negocio.
Porque un negocio nunca es solamente un negocio.
Detrás de una pequeña empresa puede estar el patrimonio que una familia construyó durante años. Los ahorros de una pareja. El proyecto que comenzó una generación y que espera continuar la siguiente. La posibilidad de pagar una casa, sostener la educación de los hijos o construir un futuro con mayor estabilidad.
Pero alrededor de esa empresa existen también otras familias.
Cada colaborador que depende de ese negocio lleva a casa un ingreso que permite cubrir necesidades, construir patrimonio y desarrollar su propio proyecto de vida. Una empresa que genera cinco, veinte o cien empleos representa también cinco, veinte o cien historias familiares que, de distintas maneras, dependen de su capacidad para seguir operando.
Por eso, cuando la extorsión amenaza la continuidad de una empresa, el daño se expande mucho más allá de sus estados financieros.
Una empresa puede recuperar una pérdida económica. Mucho más difícil es recuperar la tranquilidad.
El miedo modifica decisiones. Puede detener una inversión, cancelar un proyecto de crecimiento, cambiar rutinas, impedir una contratación o llevar incluso a cuestionarse si vale la pena continuar. Poco a poco, la incertidumbre comienza a sustituir esa capacidad profundamente humana de imaginar y construir el futuro.
Y ahí aparece un costo que difícilmente cabe en una estadística.
La extorsión no solamente quita dinero. También roba tranquilidad, confianza y libertad. Al empresario que comienza a preguntarse si es seguro seguir creciendo. Al colaborador que teme por la continuidad de su fuente de trabajo. Y a las familias que terminan compartiendo una preocupación que comenzó dentro de un negocio.
Combatir la extorsión significa proteger la actividad productiva y la libertad de emprender. Pero significa algo todavía más profundo: significa proteger a las personas y a las familias que todos los días encuentran en una empresa la posibilidad de trabajar, crecer y construir su futuro.



