
Artículo de Opinión escrito por Rubén Furlong Martínez Presidente de la Comisión Nacional de Fortalecimiento Cívico y Democrático de COPARMEX | Vía: @ElIndpendiente X: @RubenFurlongM
Yo soy de los que creen que los empresarios sí debemos involucrarnos en la política. Es más: todos los ciudadanos estamos obligados a hacerlo. Desde lo básico —observar, señalar, proponer, reconocer— hasta donde cada quien quiera llegar.
Creo fervientemente que los políticos, de cualquier color, harían un mejor trabajo si los ciudadanos participáramos más, exigiéramos más y dejáramos de ser simples espectadores de esta telenovela que es la política nacional.
Porque en esta telenovela, donde la violencia no da tregua, hay incertidumbre económica y el Estado de Derecho es frágil, nosotros nos hemos conformado con ser escenografía, daño colateral o público aplaudidor. Y así, las prioridades en Palacio Nacional dejan de conectar con la realidad ciudadana.
¿De qué otra forma se explica que la seguridad en las calles, las medicinas, la generación de empleos o el impulso a las MiPyMEs no sean urgentes, pero sí lo sea una reforma electoral?
Resulta que, ante ciudadanos pasivos, emerge “el Pueblo”: ese ente místico que solo conversa con los inquilinos del poder. Un Pueblo que un día despertó con epifanía legislativa y exigió desmantelar el sistema que organizó elecciones confiables y pacíficas; el mismo que permitió la alternancia y por el que el régimen actual llegó al gobierno.
¡Qué eficacia la del oráculo!
Seamos serios. En el contexto actual es difícil sostener que lo que hoy se presenta como “mandato popular” o “necesidad histórica” no sea, en realidad, una aventura ideológica para blindarse en el poder. Mientras el país necesita cohesión para enfrentar la revisión del T-MEC y fortalecer su posición ante la Unión Europea, el régimen prefiere jugar a las vencidas con las instituciones.
Desde los noventa, el sistema electoral mexicano se construyó con sudor ciudadano, academia y consensos amplios. Nunca fue concesión del poder; los ciudadanos lo conquistamos. Hoy, por primera vez en décadas, una reforma electoral no nace de la ciudadanía, de la oposición o del acuerdo entre todos, sino del impulso de unos cuantos que, al verse con una aplanadora legislativa, creen que pueden darse lujos autoritarios que México no debe permitirse.
¿Es perfecto el sistema electoral actual? Claro que no. Pero, dado el contexto actual, ¿es este el momento de meterle mano cuando ni siquiera hay consenso dentro de su propio bloque? Sin duda alguna que no. Una reforma sin diálogo es solo una imposición. Y una imposición en materia electoral es retroceso. La legitimidad democrática es un activo internacional; menospreciarlo nos puede salir carísimo.
La prioridad debe ser la paz y el crecimiento. Si el sistema les sirvió para llegar, debería servir para que los ciudadanos sigamos decidiendo en libertad. La mejor reforma electoral hoy es que no haya reforma.
Esperemos el momento adecuado. Hoy toca concentrarnos en lo urgente: construir consensos reales y entender que las reglas del juego democrático no son botín de mayoría, sino patrimonio de todos.
Porque el mandato ciudadano que sí se escucha en la calle pide unidad, seguridad, oportunidades y certidumbre. Lo demás, por ahora, no es urgencia nacional; es agenda de poder. #OpiniónCoparmex



