
Artículo de Opinión escrito por Juan Pablo Castañón Presidente del Comité de Principios y Valores de Coparmex | Vía: @El_Universal_Mx Vía: @jpcastanon
Hace ocho años, la negociación del T-MEC se desarrolló en un entorno complejo, adverso y marcado por la incertidumbre, tal como ocurre hoy con su revisión. Han cambiado muchas cosas; sin embargo, habiendo participado activamente en el “cuarto de junto” del sector privado como presidente del Consejo Coordinador Empresarial, estoy convencido de que los ejes estratégicos para lograr un buen resultado para México son, esencialmente, los mismos.
Más allá de los aranceles y las declaraciones del presidente Donald Trump contra el Tratado, desde su entrada en vigor, en julio de 2020, el comercio regional creció casi 50%, hasta alcanzar 1.1 billones de dólares. Más importante aún, América del Norte sigue posicionándose como la región con mayor potencial en el mundo en términos de mercado, producción y competitividad, en gran medida gracias a la integración y la complementariedad que venimos construyendo desde 1994.
Nuestras exportaciones a Estados Unidos aumentaron 34%, hasta cerca de 545 mil millones de dólares. Ya somos su primer proveedor y cliente; además, llegaron más de 210 mil millones de dólares en Inversión Extranjera Directa y la gran oportunidad de la relocalización sigue viva.
Para aprovechar plenamente esa oportunidad, hay que superar las limitaciones internas que frenan la inversión y, al mismo tiempo, lograr una negociación efectiva para que el Tratado siga siendo un factor de competitividad y certidumbre. Aquí es donde resulta útil revisar lo que se hizo en 2017 y 2018.
Entonces, en el equipo negociador, nos propusimos trabajar con estrategia y unidad. Con el liderazgo de Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, y posteriormente con el respaldo de Jesús Seade, representante del gobierno electo, todos nos avocamos a defender a México, sin protagonismos, con generosidad y evitando interferencias políticas.
Ningún sector sería moneda de cambio en favor de otro y el foco estaba en procurar que actores estadounidenses clave fueran quienes convencieran al gobierno de Trump. Con esa orientación, cabildeamos con cientos de empresarios del más alto nivel, la mitad de los gobernadores y decenas de legisladores.
Esos aliados siguen ahí. Más de 500 cámaras de comercio, asociaciones agrícolas y organizaciones industriales estadounidenses piden la continuidad del Tratado. Business Roundtable, que agrupa a más de 200 CEOs de las mayores empresas, hizo explícito su apoyo en una carta formal al Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) en noviembre de 2025 y lo refrendó el pasado 1 de julio.
Según el Instituto Peterson de Washington, entre 15 y 20 estados, tanto demócratas como republicanos, respaldan firmemente el Tratado debido a la dependencia de sus exportaciones y cadenas de suministro, con millones de empleos vinculados. Además, las encuestas muestran una opinión pública abrumadoramente favorable: según una encuesta de Global Business Alliance, 72% de los votantes considera que el Tratado es bueno para su economía.
En medio de tanta incertidumbre, estos datos nos permiten tener la certeza de que el T-MEC difícilmente será cancelado, además de que ello requeriría el aval del Congreso.
En el equipo encabezado por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, existe plena conciencia del valor de estos activos, y esa alineación ya dio un resultado importante en el compromiso estadounidense de proteger a la industria de autopartes frente a nuevos aranceles.
Ese es un buen precedente para la urgente prioridad de anular o reducir los aranceles de la Sección 232 aplicables a automóviles, acero y aluminio, así como para blindar a otros sectores. El objetivo debe ser el libre comercio efectivo, con reglas de origen que combatan las triangulaciones de otros países e impulsen la sustitución de importaciones. Lo indispensable es que el Tratado sea una fuente de confianza para que las empresas puedan planear y ejecutar proyectos de largo plazo.
La incertidumbre persistirá por un tiempo, pero puede ser mitigada, más aún si trabajamos en lo que depende de nosotros: Estado de Derecho, seguridad, infraestructura energética y logística.
Tras la tercera ronda de la revisión, hay dos elementos adicionales que vale la pena considerar:
- Si Estados Unidos quiere que el Tratado se revise cada año, existe un aspecto positivo: la oportunidad de actualizarlo y adecuarlo a las circunstancias vigentes. En un entorno tan cambiante, como lo demuestra la nueva tanda de aranceles aplicables a 60 países bajo la Sección 301 en materia de trabajo forzado, ello puede convertirse en una fortaleza.
- Para la negociación y para brindar certeza a Estados Unidos sobre la integración comercial y productiva, resulta estratégico que México avance hacia un programa de sustitución de importaciones asiáticas e impulse la proveeduría nacional. Las organizaciones empresariales tienen ahí una misión: construir alianzas con empresas tractoras para capacitar a PyMEs que puedan ser financiadas por la banca e incorporarse a cadenas como la automotriz y de autopartes.
México está llamado a ser la quinta economía del mundo. Para ello, debemos enfocarnos en fortalecer la industria mexicana y su competitividad internacional.
La incertidumbre puede paralizar, pero también puede alentar la unidad, el enfoque estratégico, la resiliencia y la toma de decisiones determinantes. Esa es la clave en este momento decisivo para el T-MEC y para México.



