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¿De qué sirve la escuela si no estamos aprendiendo?

Artículo de Opinión escrito por: Jorge Luis Camacho Ortega, Presidente del Comité de Membresía, Afiliación y Participación de COPARMEX Nacional | Vía:  @Reporte_Indigo

En México, apenas 30% de los estudiantes de 15 años alcanza el nivel básico de competencia en matemáticas; el promedio de la OCDE es de 65%. En lectura, lo alcanza alrededor de la mitad, frente a 69% de la OCDE, y en ciencias, 50%, frente a 74%.

El ranking es revelador, pero la realidad va más allá. Estamos hablando de jóvenes que pronto tendran que estudiar una carrera, conseguir empleo, emprender y tomar decisiones en un mundo transformado por la tecnología y la inteligencia artificial.

Y la pregunta es: ¿estamos entregando a nuestros jóvenes las capacidades que necesitan para construir su propia vida?

Los resultados muestran que no lo estamos haciendo.

PISA 2025 reporta que, en comparación con 2015, la proporción de estudiantes mexicanos con bajo desempeño aumentó 13 puntos porcentuales en matemáticas у 8 en lectura. Es decir, vamos hacia atrás.
A ello se suma otro problema: 54% de los mexicanos mayores de 25 años no ha concluido la educación media superior, frente a 12% en promedio en la OCDE.

Tenemos entonces dos fallas simultaneas: jóvenes que permanecen en la escuela sin alcanzar aprendizajes fundamentales у otros que abandonan su trayectoria educativa de manera temprana.

Pero existe una tercera brecha que conocemos bien quienes participamos en las empresas: la distancia entre lo que el sistema educativo entrega y las capacidades que demandan la vida laboral y el emprendimiento.

Las organizaciones necesitan personas capaces de comprender información, comunicarse, resolver problemas, colaborar, utilizar tecnología, aprender continuamente y asumir responsabilidades.

Quien emprende necesita, además, entender a sus clientes, vender, administrar recursos, negociar, utilizar herramientas digitales y tomar decisiones en condiciones.

Quien emprende necesita, además, entender a sus clientes, vender, administrar recursos, negociar, utilizar herramientas digitales y tomar decisiones en condiciones de incertidumbre.

Un certificado acredita estudios. No necesariamente acredita capacidad.

La Nueva Escuela Mexicana plantea objetivos valiosos, como el pensamiento crítico, la inclusión, la vinculación con la comunidad y la formación integral. Sin embargo, ¿estamos logrando esos resultados?

Existe, además, una deuda educativa de la que hablamos poco y que poco esfuerzo se hace por atender:

El 54% de los mexicanos mayores de 25 años que no cuenta con educación media superior terminada y el 80% que no tiene educación superior enfrentan un techo que les impide avanzar. Muchos llevan 10, 20 o 30 años trabajando. Han adquirido experiencia y conocimientos, pero, sin estudios, no logran acceder a mejores oportunidades.

No deberíamos condenar a una persona, por las circunstancias educativas de su juventud, a permanecer toda su vida en el mismo nivel de oportunidades.

México necesita verdaderas segundas oportunidades educativas: modelos flexibles compatibles con el trabajo y la familia, certificación de competencias, reconocimiento de aprendizajes adquiridos mediante la experiencia y una mayor vinculación entre empresas e instituciones educativas.

Las empresas también somos responsables de la educación de nuestros colaboradores.

Si las empresas decimos que no encontramos las capacidades que necesitamos, debemos preguntarnos cuánto estamos haciendo para desarrollarlas.

La escuela no puede anticipar todo lo que alguien necesitará durante cuarenta años de vida laboral. Pero sí debe construir fundamentos sólidos y, especialmente, enseñar a aprender. Las empresas debemos continuar ese desarrollo y las universidades facilitar que una persona pueda regresar a aprender durante toda su vida.

No basta con contar escuelas, alumnos, años cursados o egresados. La verdadera pregunta es otra: ¿de qué es capaz una persona después de pasar por nuestro sistema educativo?

Si después de años en la escuela un joven no comprende adecuadamente lo que lee, no puede resolver problemas fundamentales o no cuenta con las capacidades para seguir aprendiendo, trabajar o emprender, el certificado podrá acreditar escolaridad, pero no habrá cumplido plenamente su propósito.

Y si quien no concluyó sus estudios encuentra cerradas las puertas para volver a aprender a los 30, 40 o 50 años, habremos convertido una circunstancia de juventud en una condena para toda la vida.

La responsabilidad no es solamente del gobierno. También corresponde a universidades, empresas, familias y a cada persona.

Educar no es hacer que alguien pase por la escuela. Es lograr que, después de pasar por ella, sea más capaz de construir su propia vida.

Esa es la prueba que importa.

Y México todavía tiene una enorme deuda por saldar.

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