
Artículo escrito por Miguel Ángel Castro Palomino, Presidente de la Comisión Nacional de Educación de Coparmex | Vía:@elsolde_mexico X: @miguelcastropa
Durante años hemos repetido que México tiene un enorme potencial. Lo escuchamos cuando se habla del T-MEC, del nearshoring, de las oportunidades comerciales con Estados Unidos y Canadá, o de la posibilidad de convertirnos en una de las economías más competitivas del continente. Y sí, es verdad: México tiene ubicación, capacidad industrial, talento y una generación joven enorme. Pero también hay una realidad que muchas veces evitamos decir con claridad: ningún país puede competir seriamente si no apuesta de verdad por la educación.
Y hoy, honestamente, inquieta el rumbo que estamos tomando. Lo digo no solo desde una responsabilidad institucional en el ámbito educativo y empresarial, sino desde la experiencia cotidiana de dirigir colegios, convivir con docentes, escuchar a padres de familia y observar todos los días cómo llegan nuestros niños y jóvenes al aula. La educación mexicana atraviesa momentos complejos. Y aunque existen esfuerzos valiosos en distintos niveles, también hay señales que deberían alertarnos profundamente.
México invierte alrededor del 4% de su PIB en educación, mientras que organismos internacionales y países más competitivos han entendido desde hace tiempo que el verdadero desarrollo pasa por fortalecer la formación de su gente. No se trata únicamente de cuánto dinero se destina, sino de cómo se invierte y cuáles son las prioridades.
En los últimos años hemos visto crecer programas de apoyo social y becas, lo cual puede ser positivo para muchas familias. Pero, al mismo tiempo, pareciera que hemos dejado de hablar de calidad educativa, capacitación docente, infraestructura escolar, innovación, exigencia académica y formación integral.
Y ese silencio termina costando caro. A veces pareciera que en México confundimos inclusión con reducir la exigencia. Ayudar a un estudiante no significa dejar de prepararlo para la realidad. Ser empáticos no debe implicar formar generaciones menos preparadas para competir en un mundo cada vez más complejo.
Mientras otros países fortalecen las matemáticas, las ciencias, la tecnología, la inteligencia artificial y los idiomas, nosotros seguimos debatiendo si la evaluación debe ser estricta o si la asistencia realmente importa. El problema es que el mundo no va a bajar su nivel de exigencia para adaptarse a nosotros.
La realidad es dura: nuestros jóvenes competirán contra profesionistas de Asia, Europa, Estados Unidos y Canadá que sí están siendo preparados con altos niveles de disciplina, tecnología, innovación y pensamiento crítico. Y ahí es donde México corre el riesgo de quedarse rezagado.
La educación no solo forma trabajadores. Forma ciudadanos; construye criterio, disciplina, capacidad para resolver problemas, responsabilidad y visión de futuro. Cuando un país debilita su sistema educativo, tarde o temprano también se debilita socialmente.
Muchas de las desigualdades que vivimos tienen relación directa con la educación. La falta de movilidad social, la informalidad, la baja productividad, la pobreza e incluso muchos problemas de violencia encuentran terreno fértil cuando millones de jóvenes no reciben herramientas reales para construir un proyecto de vida sólido.
Y esto no debería verse como un debate político. Debería asumirse como un debate nacional.
Porque mientras discutimos temas ideológicos o administrativos, el mundo avanza a una velocidad impresionante. La inteligencia artificial está transformando industrias completas. Los empleos están cambiando. Las empresas buscan talento bilingüe, tecnológico y adaptable. Y México tiene frente a sí una oportunidad histórica gracias a su relación comercial con Norteamérica. Pero esa oportunidad puede desperdiciarse si no formamos capital humano competitivo.
Como país, necesitamos volver a colocar la educación en el centro de la conversación nacional. Necesitamos recuperar la cultura del esfuerzo, fortalecer a nuestros docentes, invertir en infraestructura, impulsar la tecnología y los idiomas, y volver a entender que la exigencia académica no es enemiga de la inclusión; al contrario, es parte fundamental de la verdadera igualdad de oportunidades.
Porque, al final, la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar la vida de una persona y el destino de una nación.
Los países que transforman su futuro no lo hacen reduciendo la exigencia educativa, sino elevándola. México no necesita generaciones a las que se les facilite aprobar; necesita generaciones capaces de competir, innovar y liderar en el mundo.



