
Artículo de Opinión escrito por Rubén Furlong Martínez Presidente de la Comisión Nacional de Fortalecimiento Cívico y Democrático de COPARMEX | Vía: @elsolde_mexico X: @RubenFurlongM
Una gran amiga me regaló Cómo ser un ciudadano, de C. L. Skach. Lo hizo con dolo. Ella, una incansable luchadora ciudadana, sabía lo que este libro duele en este momento en México. Por eso se lo agradezco aún más.
Skach parte de una idea: las democracias no se deterioran únicamente por los malos gobernantes. También lo hacen cuando los ciudadanos dejan de comportarse como tales.
Ser ciudadano no es solamente votar. Es convivir con quien piensa distinto, defender las instituciones, señalar límites al poder, participar y, sobre todo, entender que esto no se adquiere por el simple hecho de tener una credencial.
Pensaba en esto mientras observo dos hechos: la discusión sobre los Derechos de las Audiencias y la elaboración y difusión, desde el propio poder, de listas de periodistas, medios y comunicadores considerados críticos.
Cada uno de estos asuntos es muy delicado por sí mismo. Pero, sumados a discursos, acciones y reformas legales, forman un cuadro que no deberíamos mirar con indiferencia.
Porque una democracia no se construye solo con elecciones. También necesita ciudadanos capaces de disentir, medios libres para cuestionar, autoridades que toleren la crítica e instituciones que limiten el poder. Los límites al poder no protegen a los gobiernos: protegen a los ciudadanos.
Por eso resulta tan peligroso que desde el poder se clasifique a quienes opinan como buenos o malos, aliados o adversarios; y a los medios, como confiables o incómodos.
Hoy son periodistas. Pero ya hemos visto en la diana a empresarios, académicos y organizaciones civiles. El ciudadano común quizá todavía no está ahí porque no resulta relevante para el poder. Todavía.
Y aquí regreso a la parte que más me interesa del libro: nuestra propia responsabilidad.
Es muy fácil exigirle al gobierno que respete la democracia. De hecho, es indispensable hacerlo. Pero no es suficiente.
También nos corresponde aprender a convivir con quien piensa diferente, defender las reglas incluso cuando no favorecen a quienes apoyamos, verificar antes de compartir, participar en nuestra comunidad y no permanecer indiferentes cuando los derechos de otros son vulnerados.
La democracia necesita ciudadanos, no espectadores.
Quizá una de las mayores trampas de nuestro tiempo sea creer que, mientras el poder no nos afecte directamente, podemos permanecer al margen.
Así empiezan a perderse las libertades: una excepción que toleramos, una descalificación que dejamos pasar, una institución que permitimos debilitar porque creemos que siempre estará ahí. El deterioro de una democracia rara vez ocurre de golpe; ocurre cuando los ciudadanos dejamos de defender aquello que damos por sentado.
Hasta que un día descubrimos que los límites que creíamos permanentes ya no están ahí.
Skach nos recuerda que la democracia depende de la cultura cívica. Y esa cultura no la construye el gobierno. La construimos nosotros.
Defender la democracia es impedir que el poder decida quién puede hablar, quién merece ser escuchado y quién debe ser señalado por disentir. Porque la democracia no se prueba cuando todos estamos de acuerdo, sino cuando alguien dice algo que al poder no le gusta.
Ahí también se decide qué clase de ciudadanos somos.



