
Artículo de opinión escrito por: Ximena Céspedes | Vicepresidenta Nacional de Desarrollo Democrático y Cabildeo de COPARMEX | Vía:@Forbes_Mexico.
El pasado 2 de diciembre cumplí 25 años de haber llegado a México. Recuerdo mis primeros días viniendo de Colombia: para mí era un lugar tan pacífico que hasta aburrido me parecía el noticiero. Lo máximo que pasaba era que atropellaran a un perro o los típicos accidentes escandalosos de automovilistas pasados de copas.
Sigo pensando igual que ese día: que México es un paraíso. Que el “sueño americano” se cumple para cualquier persona que quiera vivir y trabajar aquí. No hay artista, productor, músico, escritor o empresario que no pase por un escaparate en México y al que no le vaya bien en el resto del mundo; desafortunadamente, he ido viendo un deterioro en los últimos años.
Ese deterioro se manifiesta en la seguridad, en la infraestructura, en la institucionalidad, en la salud, pero sobre todo en las normas de comportamiento de las personas. Esto se percibe en algo tan sencillo como que cada vez se respeta menos el semáforo en rojo —tanto automovilistas como peatones—.
El civismo, entendido como la actitud de pensar en la comunidad y actuar de forma que todos podamos convivir mejor, encuentra su máxima expresión en una regla básica: no le hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti mismo.
El civismo es indispensable para garantizar una convivencia pacífica, ordenada y cohesionada; fortalece los lazos comunitarios, reduce la violencia y fomenta la confianza institucional. Sin él, prevalecen el desorden, la inseguridad, la fragmentación social y el deterioro del bien común.
Por ello, la falta de obediencia ante el semáforo en rojo no es la causa, sino un síntoma inequívoco de una pérdida de respeto y tolerancia hacia los demás, hacia las leyes e incluso hacia la vida misma. Pasarse un semáforo en rojo es un comportamiento, por demás imprudente, que genera accidentes, congestión vial, aumento de la agresividad entre automovilistas y caos.
He aprendido que para cambiar una cultura se requiere incidir en los comportamientos. Por ello, propongo una serie de medidas para retomar el rumbo, empezando por respetar el semáforo en rojo a través de:
- Educación vial desde las escuelas, de manera práctica, no solo teórica.
- Requisitos adicionales para otorgar licencias de conducción —de cualquier vehículo— que incluyan no solo horas de manejo, sino también formación teórica obligatoria y refrendos periódicos.
- Hacer visibles y medibles las consecuencias, mediante señales que expliquen claramente la multa y campañas que muestren los riesgos reales a través de estadísticas y casos concretos.
- Medidas para reducir la impaciencia, utilizando tecnología e inteligencia artificial para lograr sincronizaciones más eficientes, análisis de tráfico por zonas, semáforos inteligentes y cuentas regresivas que indiquen cuánto falta.
- Aumentar la sensación de control y vigilancia con cámaras de fotomulta en puntos críticos, controles aleatorios de policías en horarios impredecibles y cumplimiento efectivo de las sanciones en caso de infracción.
- Infraestructura más segura, con pasos peatonales elevados y adaptados para personas de cualquier edad o discapacidad, mejor iluminación nocturna, botones para peatones, pavimentación oportuna e islas de seguridad en puntos clave.
- Educación y campañas constantes.
Para restituir la convivencia pacífica, precisamos regresar a lo básico: a un cambio de cultura local. Necesitamos volver al ejemplo, a la responsabilidad compartida y a la aplicación coherente de las normas. Tenemos que retomar la educación cívica en todos los niveles —familia, escuelas, empresas e instituciones— con compromiso, pero también con presupuesto.
Aunque me encantaría decir que 2026 debería ser el año de la paz (siendo 2025 el de la esperanza), entiendo que es un sueño muy ambicioso. Por ello, me conformaría con que fuera el año del semáforo en rojo. #OpiniónCoparmex



