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Competitividad: una agenda estratégica para México.

Artículo de Opinión Escrito por: Angel García Lascuráin Valero, Vía: @ElFinanciero_MX X: @AngelGLascurain

La competitividad de un país puede describirse como la capacidad que tiene para generar condiciones que permitan a sus empresas producir, innovar, invertir y competir exitosamente en los mercados globales, elevando al mismo tiempo el bienestar de su población. No se limita al crecimiento económico, sino que refleja la fortaleza de sus instituciones, la calidad de su infraestructura, el desarrollo de su capital humano, la eficiencia de sus mercados y la certeza de su marco jurídico.

En el contexto actual de México, el fortalecimiento de la competitividad adquiere una relevancia estratégica. El anuncio de revisiones anuales del T-MEC, junto con otros factores como la reconfiguración de las cadenas globales de suministro, la competencia internacional por atraer inversiones, la transición energética y el acelerado avance tecnológico, representan desafíos importantes para nuestro país, pero también oportunidades históricas que solo podrán aprovecharse si se fortalece la capacidad para competir. Hoy, más que nunca, la competitividad debe entenderse y priorizarse como una política de Estado orientada a generar crecimiento sostenido, mayor productividad, empleos de calidad y prosperidad para las familias mexicanas.

Recientemente se dio a conocer el informe anual sobre competitividad del IMD (Instituto Internacional para el Desarrollo Gerencial), una de las mediciones internacionales más reconocidas en materia de competitividad. Su valor radica en que no se limita a observar variables macroeconómicas, sino que integra una visión más amplia sobre el desempeño económico, la eficiencia gubernamental, la eficiencia empresarial y la infraestructura. La edición 2026 evalúa a 70 economías y considera 341 variables, combinando datos duros con información proveniente de encuestas a ejecutivos. Esta metodología permite capturar no solo el desempeño observable de una economía, sino también percepciones relevantes sobre el ambiente de negocios, la confianza institucional, la eficiencia regulatoria, la disponibilidad de talento y la capacidad de las empresas para competir.

En el caso de México, el país pasó del lugar 55 en 2025 al lugar 62 en 2026 dentro de la clasificación general. Esta caída no debe leerse únicamente como una fotografía negativa, sino como una señal de alerta sobre la velocidad relativa con la que México está dejando de avanzar frente a otras economías. En su análisis, el IMD identifica cinco prioridades para elevar la competitividad de México:

• Fortalecer la coordinación entre el Gobierno Federal, los gobiernos estatales y el sector productivo para mejorar la ejecución de las iniciativas estratégicas.

• Reforzar el entorno de negocios, el Estado de derecho y la certeza jurídica para incrementar la confianza de los inversionistas.

• Impulsar una economía más productiva mediante la innovación, la excelencia operativa, la medición del desempeño y el fortalecimiento de los mercados locales e internos.

• Alinear el desarrollo del talento con las capacidades técnicas y directivas que requieren las empresas.

• Fortalecer las cadenas de valor nacionales y la infraestructura estratégica en materia de energía, logística y digitalización.

Los retos identificados por el IMD no son nuevos ni sorprendentes. Lo relevante es que, al analizarlos desde la perspectiva de la competitividad, muestran que estas prioridades no pueden abordarse de manera aislada. Existe una clara relación de causa y efecto: instituciones sólidas generan confianza; la confianza impulsa la inversión; la inversión fortalece la productividad; la productividad incrementa la competitividad; y todo ello requiere talento, infraestructura y coordinación. El verdadero desafío consiste en articular estos factores dentro de una política de Estado en materia de competitividad, con una visión estratégica integral y la capacidad para ejecutarla eficazmente. Ello exige gobernanza, coordinación efectiva, construcción de consensos, confianza, prioridades claras, medición del desempeño y disciplina de ejecución.

En el ámbito empresarial sabemos que una estrategia solo genera resultados cuando se implementa y se gestiona adecuadamente. Lo mismo ocurre con un país. Los hallazgos del IMD evidencian la necesidad de construir una Agenda Nacional de Competitividad, con objetivos medibles, iniciativas prioritarias y mecanismos permanentes de coordinación, seguimiento y evaluación. Sus pilares deberían ser el incremento de la productividad, el desarrollo del talento, la inversión en infraestructura estratégica y una mayor coordinación entre gobierno, empresas, academia y sociedad civil.

La principal conclusión del estudio no debería ser únicamente que México descendió en el ranking, sino que el país necesita pasar del diagnóstico a la definición de una estrategia y, sobre todo, a su ejecución efectiva. Más que nuevos análisis, México requiere una estrategia nacional de competitividad con visión de largo plazo, que defina prioridades, promueva consensos, mida avances, corrija desviaciones y genere la confianza necesaria para impulsar la inversión, la productividad y el desarrollo económico.

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