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La sostenibilidad que no compite es retórica.

Artículo escrito por Sandra Valentina López Hernández , Presidenta de la Comisión Nacional de Desarrollo Ecológico y Sustentable de Coparmex | Vía: @AuroradeMexico

Durante años se hizo creer a las micro, pequeñas y medianas empresas, mipymes, que la sostenibilidad era un lujo reputacional de las grandes corporaciones. La realidad es más severa: la empresa que desperdicia energía, materiales, tiempo logístico o capacidad productiva no solo deteriora el entorno; destruye margen, pierde mercado y compromete su permanencia.

Accenture estimó que la transición hacia modelos de economía circular podría generar hasta 4.5 billones de dólares de valor económico hacia 2030. La cifra es también una advertencia: el próximo ciclo de crecimiento no surgirá de producir más con la misma ineficiencia, sino de diseñar mejor, usar menos, recuperar más y convertir residuos y activos ociosos en nuevas fuentes de ingreso.

Para las mipymes, la sostenibilidad —o sustentabilidad— debe abandonar la retórica y entrar en el estado de resultados. Optimizar rutas, reducir recorridos vacíos, recuperar envases, reparar productos o compartir infraestructura logística son decisiones ambientales, pero, ante todo, económicas. La movilidad sostenible no comienza con una flota eléctrica; comienza cuando cada kilómetro tiene sentido productivo.

Ninguna transformación será sólida sin infraestructura de calidad. Una empresa que no mide ignora dónde pierde; una que no normaliza sus procesos no puede replicar su desempeño; una que no demuestra conformidad difícilmente exporta o accede a cadenas exigentes. Metrología, normas técnicas, ensayos, acreditación y certificación no son trámites periféricos: son el lenguaje con el que una mipyme demuestra que puede cumplir, competir y escalar.

Aquí reside una contradicción latinoamericana: se exige sostenibilidad a pequeñas empresas sin garantizarles financiamiento, asistencia técnica, laboratorios accesibles ni logística eficiente. Se les pide innovar mientras enfrentan pagos tardíos, informalidad, baja digitalización y altos costos de transporte. Ese modelo no democratiza la transición verde, la concentra.

La política pública y las grandes empresas deben corregir esa asimetría. Los incentivos no pueden limitarse a subsidiar tecnología: deben financiar capacidades. Las cadenas de valor no deben imponer exigencias ambientales sin compartir conocimiento, contratos de largo plazo y pagos razonables. Transporte público, conectividad, energía confiable, centros logísticos y servicios de calidad son política industrial, no accesorios urbanos.

La vanguardia empresarial no consiste en adornar informes con palabras verdes, sino en convertir sostenibilidad en productividad verificable. Reducir desperdicios, certificar procesos, digitalizar operaciones y rediseñar la movilidad forman una misma estrategia: competir con menos costo, menos riesgo y mayor credibilidad.

La respuesta debe ser regional: centralizar conocimiento, estándares y soluciones para que las mipymes no recorran solas una transición que decidirá su acceso al financiamiento, a las cadenas globales y a los mercados del futuro. No son beneficiarias del cambio: son agentes de inversión, innovación y sofisticación productiva.

La conclusión es incómoda, pero inevitable: la sostenibilidad que no mejora la competitividad es frágil; la competitividad que ignora la sostenibilidad está condenada.

Porque toda economía es, en el fondo, una ética materialista: revela qué consideramos valioso, qué estamos dispuestos a destruir y qué futuro decidimos sostener. Una empresa no solo administra recursos; administra consecuencias. Podemos seguir llamando progreso a una prosperidad que agota sus propias condiciones, o convertir la inteligencia productiva en responsabilidad.

Sostener no es conservar el pasado, sino hacer posible el porvenir. El futuro no se espera: se diseña, se mide y se decide. Y en esa decisión, las mipymes no son pequeñas: son el lugar donde una civilización demuestra si sabe prosperar sin devorar las condiciones de su propia existencia. 

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