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Falso dilema

Artículo escrito por Nicolás Madáhuar Boehm, Vicepresidente Nacional de Emprendimiento e Innovación de Coparmex vía el Sol de México

Recientemente ha reaparecido en las cúpulas empresariales el debate sobre si al gobierno se le debe criticar o es mejor callar y negociar. Plantearlo como una disyuntiva es, de origen, partir de la premisa equivocada sobre el papel del empresariado organizado y su razón de ser.

Los organismos empresariales tienen presencia pública, pero son entes privados. Se deben a la defensa de los legítimos intereses de sus agremiados. Sus dirigentes trabajan “pro bono” y asumen altos costos económicos y personales. Les motiva un sentido de responsabilidad que va más allá de solo pagar impuestos y generar empleo: su obligación cívica como ciudadanos comprometidos con la libertad, el progreso y el bien común.

Por ello hay que ser claros: estamos ante un falso dilema. El dirigente empresarial sabe que ni el servilismo cobarde ni la confrontación permanente abonan a la causa. Quienes actúan en estos extremos llevan una agenda que nada tiene que ver con la de su encargo, y se podría llegar a pensar que persiguen objetivos personales.

Sin embargo, lo preocupante es que el debate tiende a ser recurrente y aparece cuando las ideas, estilo, decisiones y políticas públicas de la autoridad en turno van en contra (como hoy) de los principios antes mencionados, dificultando la relación.

Existe entre varios gobernantes, y algunos importantes y respetables empresarios, la arraigada noción de que señalar desaciertos o pedir cuentas es sinónimo de ataque, por lo que es preferible no hacerlo. Esa lógica y pensamiento mágico de que sin molestar al gobierno avanzamos más. Cabe la reflexión: ¿en qué sociedad libre y próspera es esto así?

Esa inmadura concepción es inaceptable. Las organizaciones de la sociedad civil, empezando por las empresariales, tienen la obligación de proponer con el mísmo ahínco que protestan y, con su crítica constructiva, respetuosa, objetiva y sin dogmas, ser acompañantes (a veces incómodos) de la autoridad, colaborando para que las cosas sucedan.

Esa es la esencia de la rendición de cuentas en una sociedad incluyente, urgente en nuestro país donde históricamente los gobernantes han desarrollado la insólita habilidad de transformar buenas intenciones en malos resultados. No podemos como sociedad aspirar al éxito si evitamos la sana contraposición de ideas y propuestas. El silencio no genera bienestar.

Ni enemigos ni serviles

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