Midiendo el impacto social

Artículo de opinión de nuestro Presidente de la Comisión Nacional de Educación Luis Durán

Twitter: @LuisEDuran2

En el complejo campo de las políticas públicas, se ha vuelto cada vez más necesario evaluar el impacto social de los programas o acciones gubernamentales, pues ante una escasez de recursos y una creciente demanda por resultados y rendición de cuentas, la medición y monitoreo contribuyen a mejorar la toma de decisiones y hacer un uso más eficiente de los recursos públicos.

De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la evaluación de impacto social es un proceso que debe integrarse a lo largo de todas las etapas del ciclo de vida de un proyecto: desde el concepto y la identificación, así como durante las fases de preparación, aprobación, implementación y finalización. La evaluación de impacto social se debe enfocar en valorar y administrar riesgos y oportunidades sociales de acuerdo con tres dimensiones interconectadas: una analítica, que implica una evaluación integral y documentada del contexto social y los impactos probables del proyecto, positivos y negativos; una participativa, que involucra a los interesados del proyecto de una manera significativa; y una de gestión, donde los resultados de los análisis y la participación se integran en la toma de decisiones del proyecto y sus sistemas de gestión, tanto durante su preparación como implementación.

Para ello, el BID enfatiza la importancia de tener datos precisos y confiables para establecer la línea de base del proyecto y los elementos de referencia. Tener buenos datos es esencial para monitorear y administrar la implementación del proyecto y para documentar impactos a las partes involucradas. Ese es, precisamente, el principal desafío de la evaluación de impacto social, pues contar con unidades de medida en este ámbito resulta más complejo que medir, por ejemplo, el rendimiento financiero.

En el caso del Programa Jóvenes Construyendo el Futuro, para poder evaluar su impacto social, sería necesario contar con información precisa sobre el universo de los beneficiarios. El hecho de que el programa cuente con una plataforma digital facilita la obtención de datos, pero se debe también verificar la información. Se necesitan datos de referencia confiables para hacer comparaciones y evaluaciones sobre los resultados e impactos del proyecto. Es muy positivo que durante los primeros meses del programa, ya se hayan integrado cientos de miles de jóvenes. Para poder maximizar su impacto social, es fundamental establecer indicadores y metas no sólo en términos de procesos sino también de impactos, ¿qué competencias están aprendiendo?, ¿cuántos han recibido una oferta de empleo?, ¿qué fin le dan a los 3,600 pesos? ¿cómo varía el impacto según el género o el nivel de estudios de los beneficiarios?

La evaluación de impacto social es un proceso, por lo que a lo largo de la implementación de un proyecto se deben ir integrando diferentes elementos con base en los resultados que se obtengan. Como señala el BID, la dimensión participativa cobra gran relevancia, por lo que captar los puntos de vista y experiencias de los becarios, los tutores y las empresas permitirá contar con insumos adicionales para monitorear el impacto del programa, y, sobre todo, para mejorarse.   

Finalmente, para gestionar exitosamente la evaluación de impacto social, se deben integrar los resultados de los análisis y las perspectivas de los involucrados, para guiar la toma de decisiones bajo un enfoque de flexibilidad que permita el aprendizaje y la adaptación durante el ciclo del proyecto.

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